Tiene más de 250 años y quedó como nueva

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Se lo podrá visitar mañana desde las 19. En la primera etapa de la obra se enderezó el muro del frente -que data de mediados del siglo XVIII- y se acondicionaron dos salas, el zaguán y el primer patio. La refacción fue una historia en sí misma, ya que permanentemente la casona de 24 de Septiembre al 500 fue revelando sus secretos. Adiós a una molesta pasarela.
¿Por qué hay en el patio del Museo Folklórico un cajón lleno de bosta de caballo? Porque en el siglo XVIII el revoque para las paredes se hacía con una mezcla que también incluía el jugo de las pencas y tierra. “Pero ojo, que la bosta tiene que ser de caballos a los que no les den alimento balanceado. Creo que la consiguieron en Raco”, apunta Carlos Piñero, mientras muestra el tacho con las pencas recién aplastadas y el líquido blancuzco que se produce.

Piñero es museólogo y está a cargo del Folklórico. Le tocó conducirlo a puertas cerradas, porque la restauración y puesta en valor de la casona llevó años. Si lo sabrán los tucumanos, que a diario debieron resignarse a transitar por una pasarela en la acera norte de 24 de Septiembre al 500. De allí la ansiedad y el eléctrico ritmo al que se mueve la multitud de obreros. Se trabaja contra reloj, porque mañana a las 19 el Folklórico será la estrella de “La Noche de los Museos”. Sí, está listo para renacer. Adiós a la pasarela instalada allá por 2010, bienvenido un activo más de nuestra rica cultura.

El preparado artesanal de los revoques es uno de los tantos ejemplos que explican por qué demoró tanto la obra. Fue un proceso lento, muy cuidado, interrumpido cada vez que la casa iba develando sus múltiples secretos. La utilización de muchos de los materiales que se empleaban en el siglo XVIII, orientados a dotar al museo del encanto de las reales tradiciones, impidió que se construyera a toda velocidad. Y, para qué negarlo, la burocracia y los retrasos presupuestarios también hicieron de las suyas.

Piñero nos conduce al zaguán y propone escudriñar una pared, un par de metros por encima de las cabezas. Cuenta que en esa medianera con el colegio Santa Rosa, mientras instalaban unos postes de cebil descubrieron una llamativa pintura. “Me llamó Miguel Rodríguez, el capataz de la obra. Se pararon los trabajos y comprobamos que se trataba de una guarda rojiza, de estilo grecorromano, posiblemente del siglo XIX -explicó-. La tapamos como pudimos, con algunos plásticos, porque en ese momento no había techo. Es la clase de situaciones que vivimos todo el tiempo”. Apunta Piñero que el color es similar al que históricamente lucía el convento jesuítico de Lules. A los pigmentos los hacían con sangre vacuna y óxido de hierro.

El cierre del museo se produjo a causa de la inclinación de la pared del frente. Ese muro es uno de los más antiguos de la ciudad, ya que se construyó alrededor de 1750 con ladrillos cocidos, todo un lujo para la época. Al enfermo se lo trató con mucho cuidado. Un sistema de tensores permitió enderezar la pared, y se la apuntaló con inyecciones de cemento y submuraciones.

Los visitantes podrán apreciar desde mañana ese muro con los ladrillos a la vista. Será uno de los atractivos de la sala principal del museo, en la que también se exhibirán los tensores empleados, una infografía con el detalle de la obra y vitrinas dotadas con cabreadas, clavos, tejas musleras (las que se hacían en los muslos de los esclavos) y tejuelas artesanales. En otra sala se proyectará el video que condensa el proceso de restauración, y también se podrá circular por el primer patio (donde sonará música de cámara) y por el sector “Mercedes Sosa”.

La casona se puso de pie a partir del trabajo conjunto del Ente de Cultura (el arquitecto Humberto Salazar coordinó la obra) y el Centro de Infraestructura Comunitaria. Resultó vital el asesoramiento de otro arquitecto, Carlos Moreno, de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos.

Piñero vuelve una y otra vez a la importancia que tuvo tomarse un buen tiempo para afrontar el desafío. Sólo así fue posible echar mano a los materiales originales, los que -posiblemente- llegaron desde Ibatín. “En ese tiempo no estaban disponibles. Hablo de tejas, cabreadas, alfajías, tejuelas y clavos -subraya-. Es lógico conjeturar que los pobladores desarmaron sus casas en Ibatín, trajeron todo en carretas y volvieron a usarlos acá”. El hecho de que la casa funcionara como capellanía de la Catedral sirvió para que en su edificación se haya utilizado lo mejor de lo mejor. Por eso, más de 250 años después podemos disfrutar de este tesoro. “Además no queremos generar falsos históricos, como pasa con la Casa Histórica”, desliza el museólogo. Es que muchos tucumanos no saben que de la Casa Histórica original sólo subsiste el salón de la jura.

Al proyecto del Museo Folklórico le quedan otros pasos, como la recuperación de las dos salas restantes, el acondicionamiento del segundo patio -donde se realizan espectáculos- y la ambiciosa puesta en funcionamiento de un laboratorio (al que podrá acceder al público para ver a los expertos trabajando con las piezas), un área de cuarentena y un depósito para la reserva patrimonial. Al acervo del museo lo constituyen alrededor de 1.000 objetos, a los que se estuvo inventariando durante los últimos meses.

Y algo más: hoy espera a los visitantes una sorpresa, apenas pongan un pie en el zaguán. Un grupo de actores se meterán en la piel de Tadea Alurralde y de su padre (antiguos propietarios de la casa), de un esclavo y del Obispo Colombres. Ellos serán los encargados de narrar la historia del solar y de guiar al público por las habitaciones. Piñero y el equipo que lo acompaña -Pablo Moreno, Anahí González, Valeria Pérez, Emilia Olea, Amelia Rojas y Marta Páez- contendrán la respiración, a la espera de que todo salga bien.
(La Gaceta)

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