Remedios entre charla y charla

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Durante el siglo XIX, las farmacias se llamaban “boticas”. El dueño no sólo preparaba con sus manos los remedios, sino que su trastienda o su vereda eran cotidiano escenario de charla y de reunión del vecindario.( Por Carlos Páez de la Torre H.)

A esta altura del tercer milenio, la farmacia es uno de los tantos comercios que presenta la ciudad. Expende medicamentos, que se solicitan a la gente del mostrador, y artículos de perfumería y de higiene, que en muchos casos están dispuestos en góndolas, para se sirva el cliente. Algunas añaden otras mercaderías: bolsos, adornos, “bijouterie”, pañuelos y demás. Quien va a comprar algo, lo pide, lo paga y se retira. No siempre fue así, sin embargo.

Botica y rebotica

Hasta las últimas décadas del siglo XIX, el giro de esos establecimientos -a los que el lenguaje popular denominaba “boticas”- era bastante distinto. En primer lugar, la mayoría de los medicamentos no se compraban elaborados en forma de pastillas o dentro de frascos. El boticario los preparaba allí mismo, de acuerdo a la receta que enviaba el médico.

La preparación se desarrollaba en la trastienda, que los españoles llamaban “rebotica”. Un escritor la describe como “una suerte de laboratorio de alquimia donde se combinaban diversos elementos para lograr el medicamento”. Era “un ambiente rodeado de recipientes floridos, cuajados de adornos dorados y de nombres en latín”.

Y era allí donde, “junto a esos potes llenos de color, se sentaban, en plan de tertulia, los intelectuales de los pueblos”.

Centros de charla

Esto porque, además de centros de venta de remedios, las boticas tenían la importante función de constituir verdaderos clubes: animados centros de tertulia, de conversación cotidiana, y a veces hasta de ateneo literario. Los parroquianos se reunían en la vereda, sentados en las sillas que facilitaba el boticario, o que cada uno traía de su casa. Y cuando hacía frío, se congregaban en la trastienda.

La “rebotica”, tanto en Europa como América, “era el lugar de conversaciones literarias y científicas”, que se convertía “en lo que los españoles llamaban una ‘peña’, donde se hablaba del postrer romanticismo o de los misterios del Universo”.

Obviamente, siempre hubo -aunque con intermitencias- alguna botica en Tucumán. En un acta del Cabildo del 5 de mayo de 1789, consta que los capitulares se habían “noticiado de que en esta ciudad se ha abierto una tienda de botica pública, sin que el dueño de ella haya usado la atención de presentar sus despachos”. Como era necesario un “sujeto perito”, se designaba a “Domingo García, práctico en la facultad”, para que “examine las drogas y especies” del flamante negocio.

Don Hermenegildo

Ciñéndonos al siglo XIX, se sabe que la primera botica regular de Tucumán, fue instalada por don Hermenegildo Rodríguez. Era un porteño que llegó con las tropas del general Manuel Belgrano, con la función específica de boticario del Ejército del Norte. Se casó con una tucumana, María del Tránsito García Cárdenas, y se estableció en esta ciudad, donde tiene descendencia hasta hoy.

Por largos años ejerció la farmacopea, no sin sobresaltos a causa de las contiendas civiles. Alineado con la Liga del Norte contra Rosas, en 1841 el jefe general Manuel Oribe secuestró todos sus medicamentos y lo obligó a exiliarse. Años después regresaría para abrir de nuevo su farmacia.

Rodríguez era hombre de talento y de condiciones literarias: el gobernador Celedonio Gutiérrez le encomendó confeccionar, en 1849, una pionera descripción de la provincia de Tucumán. La hizo imprimir en un folleto que distribuyó a lo largo y a lo ancho de la Confederación Argentina, para publicitar las bondades de la provincia.

La botica Massini

De los boticarios del siglo XIX, establecidos con posterioridad a Rodríguez, son de cita obligada Ricardo Ibazeta, Santiago Maciel, Ricardo Reto, José Ponssa, Ramón Argüelles, Florentino Sanz y Cosme Massini, para citar los principales.

Massini se destacó especialmente porque su botica, manteniendo el nombre a través de diversos propietarios, llegaría hasta nuestros días, siempre emplazada en Laprida y 24 de Septiembre. Don Cosme era todo un personaje. Había participado en la guerra del Paraguay, de donde regresó condecorado, y ocupó en varias oportunidades bancas en la Legislatura provincial. Aquí se casó con doña Haydée Posse, y en 1890 se volvió a Buenos Aires, tras vender la botica a uno de sus empleados, Luis Manera.

La Botica Massini, como lugar de reunión, es mencionada por Paul Groussac. En sus páginas autobiográficas sobre el Tucumán de los años 1870, evoca el tiempo que perdían los vecinos en conversar “en la vereda del boticario Massini”; y, comenta, “¡cuánta efusión de naturaleza y arte, cuánta ingenua confidencia y fresca imaginativa allí desperdiciadas!”.

Sillas en la vereda

A la botica acudían los grandes conversadores en busca de auditorio. En las insoportables tardes de nuestro verano, se sacaban las sillas a la vereda y los clientes, para entrar al local, debían abrirse paso en medio de una rueda donde se discutían las novedades políticas, las noticias de los diarios y el libro que acaso alguno había leído.

Eran las “usinas del rumor” de aquellos tiempos. Resultaban más democráticas y más baratas que los clubes sociales, puesto que no se requería el pago de cuota alguna para ingresar al grupo.

En la botica se armaban las componendas electorales, y se decoraba con nuevos chismes la buena o la mala fama de la gente. El boticario matizaba estas tenidas verbales con la atención de la clientela. Él era, generalmente, uno de los grandes chismosos y conversadores. Una antigua cuarteta porteña que recoge Diego Luis Molinari, advertía: “La botica vende todo/ desde la purga al sudario/ si no vende por cautela/ la lengua del boticario”.

Fascinante decoración

Las rimas fueron comunes, muchos años, en la publicidad de las farmacias. En agosto de 1920, por ejemplo, los avisos de la Massini ofrecían en verso la historia de un sultán, enfermo de un mal que nadie podía curar, ante la tristeza de sus odaliscas y de sus súbitos. Terminaba: “La Farmacia Massini puede curar/ las penas del sultán./ Corred rápido a la farmacia/ más surtida de Tucumán”…

En uno de sus recuerdos tucumanos, el escritor Pablo Rojas Paz ha evocado la decoración de una farmacia de sus tiempos. Era de rigor, grabada en la placa de bronce de la puerta, “la serpiente de Hipócrates mordiéndose la cola y entrelazada en el vaso de la cicuta”.

Adentro, sobre las paredes, estaban los carteles ilustrados de los medicamentos: “los niños hermosos que pregonaban la eficacia de los tónicos, y las figuras de hombres robustos que invitaban a tomar pastillas para la tos”. En altos muebles de madera, unas chapitas enlozadas sobre cada cajón indicaban el nombre de las sustancias que guardaban.

“Farmacia” y no botica

Para admiración de la gente, también estaban allí “los grandes frascos multicolores, puestos unos sobre otros hasta formar una torre fantástica; los morteros de pórfido, allá dentro; la embrujada alquitara, el pildorero, la tabla de hacer sellos”. Esto aparte de los potes de porcelana o de cristal oscuro -hoy joya de anticuarios- con sus etiquetas o con signos medicinales en colores.

Al iniciarse el siglo XX, se iniciaron también los grandes cambios. El mundo provinciano se hizo más complicado, y las conversaciones de la política y de la literatura eligieron otros ámbitos para desarrollarse. Se dijo adiós a la charla en la vereda o en la trastienda. El nombre “botica” se convirtió rápidamente en anticuado. Los establecimientos resolvieron llamarse “farmacias” y se hicieron serios, atendidos por gente de guardapolvo blanco a la que no se le ocurriría perder el tiempo en conversaciones.
(La Gaceta)

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