Los años terminados en 3 hicieron historia

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Hoy se cumplen 70 años del golpe militar que terminó con el gobierno de Ramón Castillo. Aquel episodio de 1943 significó la irrupción de Perón en el escenario nacional y forma parte de un curioso conjunto. Es el de los hechos ocurridos en el país en años terminados en tres, y que comprende el momento histórico que estamos viviendo.
Todo número tres es perfecto, decía Virgilio. Tres son los poderes del Estado. En numerosas religiones se repite el concepto de divina trinidad. Tres son los colores primarios y los sonidos en la música. Tres son los reinos de la naturaleza. Tres eran (¿son?) las parcas que conducen al más allá. Para localizar un punto en un plano se necesitan tres puntos de referencia. “Estaré en un lejano horizonte sin horas/ en la huella del tacto en tu sombra y mi sombra”, escribió Mario Benedetti en su poema “Chau número tres”. Los cabuleros le adjudican el 3 a San Cono, santo napolitano que ayuda a ganar la quiniela si se le juega al 3… el 3 de julio.

Se dirá que todos los números tienen particularidades. De acuerdo. Pero transitamos el año de la década que termina en tres, y se da el caso de que la historia argentina está salpicada de episodios unidos por ese dígito. Hechos importantes, fundacionales. En nuestro caso, coincide con los 30 años de la recuperación de la democracia y la década cumplida por el kirchnerismo en el poder.

La fecha tampoco es ociosa. El 4 de junio de 1943 -hace exactamente 70 años- un golpe derrocó al presidente Ramón Castillo. En ese grupo de militares se distinguía un carismático coronel, Juan Domingo Perón. Aquel gobierno de facto, en el que Perón se consolidó como hombre fuerte, implicó un cambio de fondo en la historia argentina. Un antes y un después, marcado por la figura de Perón y por todo lo ocurrido durante las siete décadas subsiguientes.

Tres son los pasajes de nuestro devenir histórico: el pasado, el presente y el futuro. Si no aprendemos de lo que nos pasó, hoy, aquí, ¿cómo vamos a construir una sociedad mejor?

1813 – Claroscuros de la Asamblea

Ni declaración de la independencia ni constitución nacional. No suele recordarse a la Asamblea del Año XIII por sus falencias, pero vale advertirlas porque simbolizan la incubación de la lucha que desangró al país durante las décadas siguientes. El rechazo de los congresistas uruguayos fue un triunfo del centralismo porteño. Artigas los había enviado con instrucciones precisas: motorizar la independencia de las Provincias Unidas y defender un sistema federal de gobierno que le quitara el poder a Buenos Aires. No los incorporaron a las sesiones. La Asamblea concretó valiosos avances en materia de derechos civiles, eso es innegable, pero no logró erigirse en el congreso constituyente que anhelaban San Martín y Artigas. Para eso debieron transcurrir 40 años, y la historia de Uruguay ya había tomado otro rumbo.

1833 – Doloroso capítulo en Malvinas

El golpe de mano con el que Gran Bretaña usurpó el archipiélago se concretó el 3 de enero, cuando el capitán John Onslow -al mando de la corbeta HMS Clio- obligó a retirarse de Puerto Soledad al gobernador José María Pinedo. Con 14 soldados y 10 civiles desarmados, a Pinedo no le quedó más remedio que rendirse. Embarcó dos días después en la goleta Sarandí y regresó a Buenos Aires con la bandera celeste y blanca. La decisión le valió a Pinedo una sanción, ya que el Código Naval lo obligaba a presentar batallas, por más que fuera superado en número por las fuerzas enemigas. A las protestas de la Confederación Argentina nadie les prestó atención. Manuel Moreno, representante del país en Londres, presentó quejas el 24 de abril y el 17 de junio. Pero la Corona ya había ganado esa batalla.

1853 – La Constitución y el sueño alberdiano

“Recordemos a nuestro pueblo que la patria no es el suelo. Tenemos suelo hace tres siglos, y sólo tenemos patria desde 1810. La patria es la libertad, es el orden, la riqueza, la civilización organizados en el suelo nativo, bajo su enseña y en su nombre”. Con esa apasionada certeza sentó Juan Bautista Alberdi los pilares para que el país se dotara de una Constitución. La sancionó el congreso reunido en San Nicolás y la promulgó Urquiza el 1 de mayo. “Gobernar es poblar en el sentido que poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente”, afirmaba el tucumano. El espíritu federal de la Carta Magna no se hizo carne en la realidad argentina. Las obligaciones, derechos y garantías que consagra pertenecen a lo más profundo del pensamiento alberdiano.

1873 – El presidente que salvó su vida

Los indicios apuntan que la autoría intelectual del atentado surgió del círculo íntimo del caudillo entrerriano Ricardo López Jordán. Lo organizó Aquiles Segabrugo (“El Austríaco”) y lo ejecutaron los hermanos Francisco y Pedro Guerri y Luis Casimir (“Aníbal”). Los cuatro eran italianos. El precio: 10.000 pesos fuertes. Era la helada noche del 23 de agosto en pleno centro porteño. Cuando pasó el coche, Francisco Guerri (22 años) apuntó con cuidado, pero el trabuco -demasiado cargado- estalló y le hizo volar una mano. En cuestión de días el cerco policial se cerró sobre los conjurados. La confesión del autor de los disparos abrió la Caja de Pandora. El frustrado magnicidio selló la suerte de López Jordán y de los caudillos provinciales. Dicen que Sarmiento -casi sordo a esa altura de su vida- no escuchó los tiros.

1893 – Radicales en armas

A fines de septiembre, durante algunas horas, Leandro Alem se sintió presidente de la República. Lo había proclamado una asamblea popular, reunida en Rosario. Fue uno de los episodios registrados durante los alzamientos cívico-militares que la Unión Cívica Radical provocó contra el presidente Luis Sáenz Peña. El primero de ellos, encabezado durante julio y agosto por Hipólito Yrigoyen y Aristóbulo del Valle, puso en aprietos al Gobierno. La muñeca política de Carlos Pellegrini y de Julio Roca, en coincidencia con llamativos errores de los revolucionarios, salvó la situación. El segundo movimiento, con Alem a la cabeza, se focalizó en Santa Fe, y fue sofocado a tiempo. Los radicales debieron aguardar que una ley gestada por el hijo de Sáenz Peña -Roque- les permitiera acceder al poder por medio del voto ciudadano.

1933 – Un pacto, un mercado, mil polémicas

Cuando Inglaterra decidió restringir la importación de carne a lo que le enviaran Australia, Nueva Zelanda y Canadá, el Gobierno argentino quedó contra las cuerdas. ¿Qué hacer con la producción nacional? ¿Mantener a toda costa el status quo -como exigían los productores y exportadores- o abrir nuevos mercados y cambiar la forma de relacionarnos con el mundo? El presidente Agustín P. Justo tomó el primer camino; a fin de cuentas, el que satisfacía a su base de sustentación política y económica. Envió a Londres al vicepresidente Julio Roca (h) y este firmó un acuerdo con el encargado de negocios Walter Runciman. Inglaterra se comprometió a seguir comprando carne argentina, pero en condiciones gravosas para el país: se otorgó a los británicos toda clase de exenciones para que hicieran negocios en la Argentina.

1943 – Un coronel de apellido Perón

Nacionalistas, católicos y neutrales de cara a la Segunda Guerra Mundial. Con simpatías innegables de varios de sus cuadros por el fascismo. Así se caracterizaban los militares nucleados en el GOU (Grupo de Oficiales Unidos), quienes llevaron adelante el golpe que el 4 de junio depuso al presidente Ramón Castillo. Se sabe que el golpe se hizo a las apuradas y casi sin planificación. Sus conductores, Arturo Rawson (que soñaba con ser presidente) y Pedro Ramírez (a la postre ocupó el cargo), quedaron opacados en cuestión de meses por dos camaradas: Edelmiro Farrel y Juan Domingo Perón. Fue desde la Secretaría de Trabajo que Perón construyó su formidable y veloz carrera política. Su definitiva instalación en la escena nacional fue la consecuencia de aquella asonada.

1963 – En memoria de don Arturo Illia

Menos de dos millones y medio de votos. Apenas el 25,14% de la voluntad popular. El segundo lugar en el escrutinio correspondió a los dos millones de argentinos que cumplieron la orden de Perón de votar en blanco. Así fue elegido Arturo Illia para dirigir los destinos de un país que, tras bambalinas, seguía en manos del todopoderoso partido militar. Mientras, el “tirano prófugo” bajaba línea desde el exilio y el sindicalismo había alumbrado, en la figura de Augusto Vandor, la idea de un “peronismo sin Perón”. La prensa le tiraba con todo y lo había caracterizado como una tortuga por la supuesta lentitud de su gestión. En perspectiva, contra todas esas fuerzas -que decantarían en el golpe de 1966-, pueden rescatarse numerosas políticas de Illia. El hombre al que no dejaron gobernar.

1973 – Convulsionado por donde se lo mire

Imposible resumirlo, aislar hechos, elegir personajes. Las elecciones convocadas por el dictador Alejandro Lanusse. El triunfo de Héctor Cámpora. Su gobierno de 49 días. La masacre de Ezeiza, el 20 de junio, cuando Perón volvió para siempre. Las nuevas elecciones. Perón elegido presidente por tercera vez, con el 62% de los votos. Gelbard, ministro de Economía, empecinado en que la burguesía nacional consolidara un pacto productivo. El crimen de José Ignacio Rucci. La violencia política por todas partes. La génesis de la triple A, alumbrada por José López Rega desde el Ministerio de Bienestar Social. Vértigo puro, ese era el país del 73. Tan lejano y tan cercano. ¿Quién podía pensar, planificar, mirar un poco más allá, cuando la realidad se llevaba puesta, día a dia, cualquier idea a mediano plazo?

2013 – Dos aniversarios para analizar

En 1983, con la elección de Raúl Alfonsín, se cerró el más negativo de los capítulos de la historia nacional. Fueron numerosas las razones que hicieron de la dictadura cívico-militar iniciada en 1976 un agujero negro del que costó -y sigue costando- tanto salir. Entre octubre y diciembre se cumplirán 30 años desde aquel regreso a la democracia y es un motivo para festejar, pero sobre todo para pensar. Otra fecha redonda cumplida este año nos toca desde mucho más cerca. Los 10 años del kirchnerismo al comando de la Argentina también motivan balances y reflexiones, en este caso cruzadas por el sentir de la ciudadanía. Por el hecho de ser parte del tiempo político, social y económico. Tres décadas y una década. Un año: 2013. Siempre nos toca vivir momentos históricos.

(La Gaceta)

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