Los ángeles de la guarda de los sin techo

1189

Cuando la noche cae, un grupo de personas recorre las calles y busca a aquellos que viven en espacios públicos. Les llevan alimento y abrigo.

Oscuridad y silencio. La esquina de Suipacha y San Juan obliga a despertar los sentidos. Allí, un cartel sugiere: “pare, mire, escuche. Cuidado con los trenes”. Son las 20.30 del jueves y la noche parece atemorizar a los peatones: son pocos los que recorren el lugar. El tránsito vehicular atraviesa las vías en el paso a nivel y no se detiene por nada del mundo. Todo parece destinado a la soledad. En un momento, tres vehículos se estacionan y de ellos descienden siete personas que cargan termos, bolsas repletas de pan y de galletitas. Un hombre llama: “¡Jerez, Jerez!, ¡José María!, ¡Alejandro!”. Unos segundos después, el sitio lindero a las vías del ramal Mitre, en donde la penumbra sólo deja ver el ocaso, comienza a cobrar vida.

¿A quiénes busca? Federico Villarreal, uno de los fundadores de los Pasajeros de la Vida, responde: “somos un grupo que lleva cariño a quienes más lo necesitan. Los sin techo, los pobres y los que aguardan en las salas de espera de los hospitales son nuestros amigos”. Tiene 26 años, trabaja como empleado público, estudia Seguridad e Higiene y es padre de una pequeña. Federico habla acerca de la solidaridad y no duda en afirmar que se puede dedicar unas horas para ayudar a los que menos tienen. “Hace cinco años, junto a un amigo, comenzamos a recorrer la ciudad en mi moto para llevar bollos a la gente de la calle”, recuerda.

Dos jóvenes y un hombre de unos 50 años salen al encuentro. Cuando los ojos se acostumbran a la escasa luz, que sólo llega a través de los faros de los automóviles, se puede ver el predio. Montañas de botellas vacías, cajones, cartones a montones, olor a hacinamiento y un campamento de chozas erigidas con neumáticos, plásticos y chapas color óxido es la ciudadela que les brinda un refugio permanente.

Entonces, el mensaje de la señal ferroviaria cobra sentido. El ‘pare, mire, escuche’ es un ejercicio que entrena las mentes sensibles. Allí, donde parecía que no había nada más que pastizales, un basural y vagones desguazados, viven ‘los linyeras de Tucumán’ –dice una vecina-. Desde afuera, la escena parecería una reunión familiar. Los ‘sin techo’ se abrazan con Federico, Julio Hugo López, Lucía Jaime, José Luis Núñez, Nicolás Blanco, Pablo de Angeli y Alejandro Cano. Ellos son los voluntarios de los Pasajeros de la Vida, que se hacen presentes donde el Estado y el resto de las instituciones parecen estar ausentes.

Calditos y budines

La luna enciende la noche con una chispa de calor porque pasado el atardecer, la solidaridad les lleva la cena. Rolando Alejandro Ramírez, de 25 años, lo reafirma cuando señala con el dedo índice de su mano derecha la luna llena que se levanta hacia el Este. Lo que manifiesta con su cuerpo recuerda a Ray Bradbury y su obra “La niña que iluminó la noche”. El joven relata que dejó de lado el tormento que aparecía a la hora de dormir gracias a la luz del lucero y a la caridad de la gente. Ya no lo desvela el frío ni la soledad y, con los días, su sufrimiento por el suicidio de un hermano adicto a las drogas se perfiló hacia un duelo más calmo.

Alejandro duerme en una carpa improvisada y aprendió que antes de las 21 llegarán sus amigos generosos y, con ellos, el aroma a sopa crema de ‘calditos’ y los budines. Su voz temblorosa lo muestra temeroso, pero, a pesar de ello, cobra ánimo. Para él, la oscuridad es el silencio y el silencio, la marginalidad. “Hace un mes que vivo aquí porque me llevo mal con mi familia. Antes vivía en Las Talitas con mis nueve hermanos y mi madre. Vivir entre cartones no es fácil y a la noche uno se siente muy solo. La gente nos ve mal porque estamos en la calle. No saben que nosotros no hacemos nada raro y que trabajamos cuidando autos”, expresa, para luego contar que cursa el último año del secundario en la Escuela Pedro Fernando Riera y que viajó como polizón en los trenes del Belgrano Cargas hacia Córdoba y Buenos Aires para ‘probar suerte’.

Mientras habla, le cuenta a Lucía Jaime que le duele una muela. Ella abre un botiquín y saca un blíster de ibuprofeno. “Alejandro, tomá una pastilla para que se te pase el dolor, pero no dejés de ir a la emergencia”, dice esta mujer, que es empleada de un estudio contable y tiene dos hijos, uno de los cuales también se sumó a la movida.

Brazos extendidos. José María toma un sánguche de salami y queso y lo come despacio. En una pausa, cuenta que tiene 13 años y que se crió en los márgenes de las vías desde los tres, junto con su madre. “Vivo aquí hace 10. Una señora me adoptó cuando era chango pero volví a vivir con mi mamá”, rememora. La única realidad que conoce es la de la calle: “hice la escuela hasta el quinto grado y sueño con hacer cualquier cosa, con tal de trabajar y tener un futuro. Estos ranchos son mi casa”.

Aletargado. Apartado del grupo y sentado en un rincón, se encuentra Jerez. Un hombre que prefiere alejarse para comer en silencio. Mientras bebe el caldo caliente que sirvieron en su taza de plástico, mira abstraído hacia la San Juan. No habla ni responde. Sólo suelta una frase circular que repite: “vivo solo, soy Jerez y nací en Santiago; vivo solo, soy Jerez y nací en Santiago”. El voluntario Alejandro Cano cuenta que Jerez recolecta botellas para vivir. “Como no sabemos su fecha de nacimiento, tuvimos que elegir el primero de agosto para poder festejar con torta y velitas su cumpleaños”, dice.

Una ronda reúne a todos. Rezan el Padre Nuestro en voz alta y los voluntarios se despiden con la promesa de volver la semana próxima.

Dormir en la parada

El itinerario continúa y se detiene en Avellaneda y Marcos Paz. Allí, se suma la maestra jardineraMelina Castillo Altamiranda, de 25 años. “La experiencia es gratificante porque es más lo que recibimos que lo que damos. Hace dos años que participo y me encantó la idea de ayudar a la gente que vive a la intemperie y que lucha por vivir”, cuenta.

En la vereda del Centro de Salud se encuentra Mercedes. Ella duerme sobre el asiento de una parada de colectivos, usa como almohada una bolsa rellena con trapos. Se despierta y, antes de saludar, alisa su cabello con las palmas de las manos. Melina le entrega un bollo caliente y pregunta: “Mercedes, ¿qué hiciste hoy?”. La mujer responde que durante la siesta se fue a caminar por el Parque 9 de Julio porque eso la ayuda a distraerse.

La inquilina del asiento tiene 45 años, nació en Los Pereyra (Cruz Alta) y parte de su familia vive en El Manantial. Perdió todo cuando su padre murió y desde hace 18 años vive en la calle. “La parada del bondi es mi casa. Aprendí a no tenerle miedo ni al Diablo, porque Dios me protege. Si me dan un techo puedo trabajar de mucama o cuidando enfermos. Vivo de limpiar veredas y vidrieras”, asevera.

Los pobres también sufren la inseguridad. Mercedes denuncia que mientras dormía, le robaron su mochila y que ahora no sabe cómo hará para pasar el invierno.

La universidad de la vida

El voluntario Julio Hugo López detiene su auto sobre San Martín al 400 y comenta que durante décadas fue viajante y que desde que está jubilado puede colaborar con estas causas. Al frente está la plaza Independencia y, en ella, La Libertad, de Lola Mora, la estatua que todo lo ve. La misma que acompañó a generaciones enteras, la que fue protagonista del esplendor y de los momentos más tristes de nuestra historia. Luis Zottoli, de 60 años, está en su banco. Observa a la estatua porque fue testigo de su pernocte en el paseo público. Los Pasajeros de la Vida son sus compañeros y el agradece que lo atiendan. Cuando habla, parece ser una persona instruida. Su oratoria se distingue, se asemeja a un sacerdote. Su oportuna retórica hace que sus oyentes lo admiren. “Luis es un libro abierto y tuvo una buena educación. Aunque nunca quiera hablar de su pasado es evidente su perfil intelectual”, expresa Lucía.

“Viví en la calle Las Heras y allí vendía churros en la Escuela Alberdi. Luego me mudé a Lanús Oeste (Buenos Aires). Estuve casado y, cuando mi esposa enfermó de cáncer, decidí pegar la vuelta”, dice, mientras gesticula con la mano. “Ella no quería que la viera en las últimas”, argumenta el hombre que produjo pimiento, maíz y papa en San Fernando, un pueblo ubicado en el litoral bonaerense.

“Estoy esperando la jubilación y aquí me quedo. Para mí, la calle es un aprendizaje en el que se conoce a gente buena y mala. Es la universidad de la vida”, afirma Zottoli.

A su lado está su compañero de banco. José Luis Díaz es un rosarino de 40 años que salió de su provincia para curarse de su adicción a la cocaína. Vivió como trotamundos por distintos lugares del país. Pasó por Tucumán luego de visitar la Quebrada de Humahuaca. Aquí vive desde hace un año y se dedica a vender almanaques. Aunque tiene cuatro hijos, piensa que no puede regresar a su pueblo natal hasta que no esté totalmente curado. “Agradezco mucho lo que hacen estos chicos porque no nos alcanza el dinero para comer. Sin ellos, la vida no sería posible”, afirma.

Rally contra la mufa

El rally solidario es extenso porque está a merced de quienes sufren la marginalidad. El recorrido continúa por el Hospital del Niño Jesús y por el Parque Avellaneda. Frente a la plaza Decididos de Tucumán (ex Rivadavia), sobre las escalinatas del nosocomio, se encuentran Marta y Raúl, una pareja que convive desde hace 10 años.

Duermen recostados sobre un colchón en compañía de una mascota que es como una hija. Lorena, su perrita, los acompaña a todos lados. “Cuando pega el frío, ella se hace un ovillito junto a nosotros para darnos calor. El invierno es mufa, pero gracias a Dios nos acompañan Federico y sus amigos”, se alegra Marta. A la par, recostado sobre un aislante hecho con cartón corrugado, descansa González, un hombre de 58 años, quien afirma que su familia vive en el barrio Las Piedritas. González es muy delgado y tiene una dificultad para hablar y caminar. Para él, todo podría resolverse si alguien lo ayudara con un “ranchito y un oficio que lo invite a comer”.

¿Querés ser voluntario en Pasajeros de la Vida?

Quienes deseen participar pueden sumarse todos los martes y jueves a las 20 en la esquina de avenida Mitre y San Juan. El punto de encuentro es el bar de una estación de servicio que se encuentra a pocos metros de allí.

¿Cómo podés colaborar?

Vía Facebook, los podés encontrar en el grupo abierto “Pasajeros de la Vida”. También podrás contactarte telefónicamente: 3816260658, 3815277520 y 3813007137. Podés donar ropa de todos los talles, calzado y frazadas. Medicamentos de venta libre. Alimentos: sopas instantáneas, pan, fiambres, galletitas, café y mate cocido.

Pablo de Angeli tiene 67 años y decidió sumarse al grupo voluntario el mismo día que Jorge Bergoglio asumió su papado. “El 13 de marzo del año pasado hablé con los chicos movilizado por la palabra de Francisco. En sus enseñanzas, nuestro Santo Padre dijo que había que salir sin miedo a servir y que seamos pastores con olor a ovejas”, comenta. Entonces, fue cuando se decidió a poner su hombro para apoyar “esta obra de amor que a uno le llena el corazón y hace posible mejorar la calidad de vida de mucha gente”, afirma.
fuente: http://www.lagaceta.com.ar/nota/584076/sociedad/angeles-guarda-sin-techo.html

Comentarios

Comentarios