La cultura Tafí y los menhires

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La Cultura Tafí, pueblo extinguido en el siglo IX y de origen desconocido, sólo dejó una magnífica colección de enigmáticos menhiresEl antiguo monolito de los valles tucumanos se corresponde con la definición de “menhir” del Diccionario de la Real Academia Española: monumento megalítico consistente en una roca larga hincada verticalmente en el suelo. El de la Cultura Tafí es, en esencia, un bloque de mica, sulfato, cuarzo, esquisto o granito -o una mezcla de todos estos minerales-, con relieve trabajado o no, cuya base hundida en la tierra permite al resto de la pieza erguirse sobre la línea del horizonte.

A media distancia, los menhires parecen figuras humanas petrificadas en actitud reflexiva. Aquella primera impresión deviene en otras mil a partir del análisis pormenorizado de las obras y sus lomos tallados donde se adivinan alternativamente el vientre de una mujer encinta, un símbolo fálico, la túnica de un chamán, el rostro de un niño, una serpiente, una llama, los astros… Efigies simétricas, escenas duales y dibujos geométricos que, en su simpleza, evocan sensaciones mágicas y presencias sobrenaturales.

La imaginación vuela estimulada por un mensaje milenario que permanece oculto. No se sabe qué función cumplían los menhires. Una teoría es que fueron usados para adorar a los dioses y rendir tributo a la fertilidad de los seres humanos, de los animales y de la tierra. Esta es, al menos, la explicación que brindan en la Reserva Arqueológica de los Menhires ubicada en la localidad de El Mollar. En ese sitio, 125 monolitos de diferente tamaño y calidad artística se dejan inspeccionar y fotografiar al aire libre: el conjunto, sin embargo, ofrece un paisaje sombrío que a lo lejos puede ser fácil y fatalmente confundido con un campo de lápidas envejecidas.

Dentro de la tierra
La piedra fue materia prima y herramienta. A fuerza de paciencia y pequeños golpes, los artesanos de la Cultura Tafí alisaban la superficie de la roca. Luego desbastaban y pulían con el contacto abrasivo de la arena. Pese a lo laborioso del procedimiento y a lo rudimentario de los utensilios, se dieron maña para “esculpir” miles de menhires. El valle es un inmenso sitio arqueológico. Nunca se hizo una excavación en el sentido estricto; las piezas están enterradas por doquier y aparecen constantemente, como lo prueban los menhires que decoran los jardines de las viviendas.

Rocas ambulantes
El incesante hallazgo de nuevos monolitos confirma una y otra vez la legendaria tradición artesanal del pueblo Tafí, que llegó a manipular piedras de hasta dos toneladas y 4,5 metros de longitud. Sus artistas no sólo poseían la técnica para tallar la roca, sino que también acostumbraban a pintarlas con pigmentos naturales de color negro, verde y naranja. Desgraciadamente, esas sustancias conservadas bajo tierra durante casi dos milenios se degradaron con la exposición al oxígeno del aire.

Pero todo ese conocimiento cayó en desgracia con la misteriosa desaparición de la Cultura Tafí, que se habría establecido en el valle hacia el 300 antes de Cristo y permaneció allí hasta el 800 de esta era. Medio siglo después, el paraje fue ocupado por indígenas de la comunidad Diaguita o Calchaquí, que durante los siglos XV y XVI se enfrentaron contra los poderosos imperios Inca y Español. La zona estaba ya conquistada en el año 1.700, cuando la primera misión de sacerdotes jesuitas fundó una iglesia en la localidad de Tafí del Valle.

Mientras los monolitos se hundían en las capas subterráneas, el territorio era fraccionado en cuatro grandes estancias. Estos latifundios impulsaron la explotación económica del valle por medio de la cría de ganado y el cultivo de hortalizas. Con posterioridad, los estancieros vendieron tierras donde rápidamente se levantaron casas de fin de semana, hoteles y negocios, proceso que prosigue hasta el presente acentuado por el desarrollo turístico de este magnífico paraje de montaña.

Hasta la creación de la Reserva, en 2002, los menhires desenterrados por la construcción deambularon de un sitio a otro, como si fuesen almas en pena. Durante la última dictadura, Antonio Domingo Bussi decidió trasladar la colección estatal a un parque situado en una loma próxima al dique La Angostura, en la entrada misma del valle. En las décadas siguientes, la acción del viento y de vándalos que pintaron con aerosol las piezas expuestas -en combinación con la indiferencia del Gobierno- erosionaron la integridad de este enigmático patrimonio cultural.

El traslado de las piedras al actual emplazamiento y la restauración detuvieron lo que parecía el final de los finales. En el medio, se perdió -¿para siempre?- la posibilidad de saber si existe algún tipo de lógica vinculada a su ubicación original. Los arqueólogos no descartan que las obras incluso pudiesen conformar una especie de cadena o red con sentido religioso, social o militar. Entre todas esas conjeturas, la única certeza es que los menhires y sus numerosos secretos han sido -y aún son- más fuertes que el tiempo.

fuente: http://www.lagaceta.com.ar/nota/576812/sociedad/mas-fuertes-tiempo.html

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