El milagro del Salí

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A menos de 30 kilómetros de la ciudad, se encuentran lagunas donde se pueden pescar tarariras. La importancia de preservar.
No es una salida común. Sólo hay que recorrer 30 kilómetros para llegar al lugar. No se trata de una excursión muy sacrificada, aunque hay que estar atentos y tener los ojos bien abiertos. Y si algún colega le recomienda un psiquiatra, no le haga caso: en el río Salí hay vida. Y se la encuentra en las lagunas habitadas por tarariras (son normales y no tienen tres ojos o cualquier otra deformación generada por la contaminación) que están dispuestas a dar pelea cada vez que toman el señuelo, la mosca o la carnada.

No hay motivos para sorprenderse. Los veteranos cuentan anécdotas interminables de pesca en las aguas de este río. Dicen que elegían La Aguadita para formarse. También tienen grabada a fuego en su memoria el nombre Las Barrancas del Salí como un clásico de otras épocas. Pero como siempre, la mano del hombre todo lo destruye. Primero por la pesca indiscriminada y después por la contaminación de distintas industrias que no tenían ningún tipo de control.

Sin embargo, se produjo el milagro. Presionados por el peso de la Ley, los industriales desde hace algunos años no contaminan o, al menos, no lo hacen en los niveles escandalosos de años anteriores. Los pescadores, al creer que allí no había nada que buscar, se olvidan de esos lugares dándole respiro al río y a las diferentes especies que allí habitan -fundamentalmente bagres y tarariras- y que tuvieron la chance de sobrevivir, reproducirse y criarse.

Hacer una excursión por estos lares tiene su gustito a aventura. Primero se debe recorrer de punta a punta la Ruta 305, conocida como el “camino del amor” por la cantidad de hoteles alojamiento que se encuentran en la zona. Mientras se recorre ese tramo lleno de luces, los deportistas deben elegir dónde pescar. Son dos las alternativas: detener la marcha en Las Salinas o seguir por el camino que va de El Timbó a El Cadillal.

Con el auto estacionado y el río a la vista, llega la hora de caminar. Aquí viene la primera salvedad: no se pesca en el río, sino en las lagunas que hay en sus márgenes que son alimentadas por el Salí. Por ese motivo, hay que recorrer bastante para encontrarlas. Para hacerlo, en la mayoría de los casos, se debe ingresar a una propiedad privada, por lo que se recomienda pedir autorización antes que nada.

Muchas de esas lagunas existen por las ripieras que ya existían en ese pedazo de territorio provincial. Extraían áridos y, en la primera creciente o con el aporte de los arroyos, esos lugares se llenaban de agua y, por supuesto de vida. Muchos de esos sitios, ya están abandonados, lo que facilita aún más la pesca.

¿Qué se encontrará el pescador? Con pequeñas lagunas cargadas de camalotes o algas que asustarían a cualquiera, aunque en realidad allí están las peleadoras “taruchas”. Con moscas y señuelos de flote se consiguen los mejores resultados, ya que con esos sistemas se puede eludir esa alfombra verde que hay sobre el agua. También se puede probar con carnada (anguila y ranas, resultan ser los cebos más efectivos) utilizando boya con un chicote de acero, aunque en este caso, hay que tirar en las partes más limpias de esos estanques.

El deportista, más allá de pescar, se encuentra con una especie de paraíso que parecía perdido. La vegetación volvió a crecer en las márgenes del río. Y la fauna también se encuentra en plena recuperación.

El canto de los pájaros más exóticos vuelve a copar el escenario natural. Una pícara y confianzuda nutria también se deja ver para demostrar que todo está bien. Todo eso es moneda corriente en ese sector del Salí. Ahora, lo que hay que hacer es cuidar a esta belleza, para que siga regalando alegrías.
(La Gaceta)

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